lunes, 25 de noviembre de 2013

Unas reflexiones en el Salmo 119 ¡Un ingenioso y apasionado canto a la Palabra de Dios!

Unas reflexiones en  el Salmo 119
¡Un ingenioso y  apasionado canto a la Palabra de Dios!

Dice el “Que entone mi lengua un canto de alabanza a tu Palabra, pues todos sus mandamientos son justos.” (v. 172)


Exposición de la primera estrofa: Salmo 119.1-8  

Tema: La relevancia de la Palabra de Dios en la vida humana
Propuesta: ¡La palabra de Dios merece un puesto de honor
en nuestra vida!

Texto:

1Felices son los íntegros,
    los que siguen las
enseñanzas del Señor.
Felices son los que obedecen sus leyes
    y lo buscan con todo el corazón.
No negocian con el mal
    y andan sólo en los caminos del Señor.

Nos has ordenado
    que cumplamos cuidadosamente tus mandamientos.
¡Oh, cuánto deseo que mis acciones sean un vivo reflejo de  tus decretos!
Entonces no tendré vergüenza
    cuando compare mi vida con tus mandatos.
A medida que aprendo tus justas ordenanzas,
    te daré las gracias viviendo como debo hacerlo.
Obedeceré tus decretos;
    ¡por favor, no te des por vencido conmigo! (NTV)


Quién escribió el  Salmo 119, no lo sabemos;  se le atribuye a Esdras. El Salmo tiene no menos de 70 peticiones referentes a la palabra de Dios: apreciarla, vivirla, compartirla, leerla, meditarla, alabar a Dios por ella, etc. Menciona 172 veces la palabra de Dios con una diversidad de sinónimos: Torah, testimonio, preceptos, estatutos, mandamiento, ordenanzas, palabra, dichos, sendas, camino, etc.

El 01 de septiembre pasado iniciamos esta serie sobre los Salmos con exposición del salmo 1 ¿Recuerda y los principios que derivamos de este Salmo? En esa ocasión hablamos de tres principios derivados del Salmo 1:

El principio de la Resistencia  (“No debemos ceder terreno al enemigo”)
El principio de la Suficiente  (“Debemos asumir la Palabra de Dios como guía certera de nuestra vida”)
El principio de la Consecuencia  (“Debemos tomar las decisiones correctas en la vida”)

Hoy nos proponemos reflexionar en el Salmo 119, que también habla de la Palabra de Dios y la dicha de obedecerla. Como el Salmo 1, este también es un Salmo de sabiduría. En verdad, es ¡Un canto a la Palabra de Dios! Todo el Salmo está lleno de elogios a la Palabra.  Por ejemplo:
V. 14: Me regocijo en el camino de tus estatutos más que en todas las riquezas.
V. 18: Ábreme los ojos, para que contemple las maravillas de tu ley.
V. 30: He optado por el camino de la fidelidad, 
V. 59: Me he puesto a pensar en mis caminos, y he orientado mis pasos hacia tus estatutos.
V. 99: Tengo más discernimiento que todos mis maestros, porque medito en tus estatutos.
V. 100: Tengo más entendimiento que los ancianos, porque obedezco tus preceptos
V. 105: Tu palabra es una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero.
V. 130: La exposición de tus palabras nos da luz, y da entendimiento al sencillo.
V. 165: Los que aman tu ley disfrutan de gran bienestar, y nada los hace tropezar.
V. 171: Que rebosen mis labios de alabanza, porque tú me enseñas tus decretos.
V. 72c: Tus enseñanzas son más valiosas para mí que millones en oro y plata.
Y en el V. 172: Que entone mi lengua un canto de alabanza a tu Palabra, pues todos sus mandamientos son justos.
Y ¿cómo termina el Salmo?
Vv. 175-176: Déjame vivir para alabarte; que vengan tus juicios a ayudarme.  Cual oveja perdida me he extraviado; ven en busca de tu siervo, porque no he olvidado tus mandamientos.

Fijemos la atención a los primeros ocho versículos:
1.  Constituyen la primera de 22 estrofas de todo el salmo.
2.  El tema de la estrofa introduce bien todo el salmo: La autoridad de la Palabra de Dios. Así lo expresa el v. 4: Tú has establecido tus preceptos, para que se cumplan fielmente. Esto nos habla de la prioridad y relevancia de la Palabra de Dios en la vida humana.
3.  La estrofa está conformada por ocho versos de dos líneas cada uno. Todos los versos de cada estrofa comienzan con la misma letra del alfabeto (alefato) hebreo; esto quiere decir que en la primera estrofa se encuentran 8 versos que comienzan con la letra álef y todos los versos de la segunda estrofa comienzan con la letra bet, y así ocurre con las demás estrofas hasta la última letra (tav).
Es interesante el hecho de que la estructura del salmo se presenta sobre la base del alfabeto hebreo, de modo que toma en cuenta y usa las 22 letras que lo componen (desde la Alef hasta la Tav); esto indica que el poema es algo bien pensado.  A la vez, llama poderosamente la atención que el tema desarrollado a través del salmo es la Palabra de Dios. De manera que, bien puede decirse que el Salmo habla de la Palabra de Dios como el Alfa y la Omega. Esto nos hace pensar en lo que dijo Jesucristo ya resucitado, quien se llama a sí mismo el Alfa y la Omega (el principio y el fin), porque él es la Palabra de Dios por excelencia dada a los humanos. ¡La Palabra de Dios encarnada!  Bien lo dijo el evangelista Juan: En el principio la Palabra ya existía. La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. (Jn. 1.1) 14 Entonces la Palabra se hizo hombre y vino a vivir entre nosotros. La versión Reina-Valera 60 lo traduce: Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros  Verbo es todo aquello que comunica una idea; Jesucristo, el Verbo hecho carne, nos ha comunicado a Dios, nos ha comunicado su amor, su gracia y su verdad... Dice el escritor a los Hebreos que: Hace mucho tiempo, Dios habló muchas veces y de diversas maneras a nuestros antepasados por medio de los profetas. Y ahora, en estos últimos días, nos ha hablado por medio de su Hijo.
4. Gramaticalmente hablando, los ocho versos de la primera estrofa del Salmo 119 se refieren a tres personas: yo, tú, él:
          Vv. 1-3 están escritos en tercera persona plural: Ellos, “los que”
          V. 4 está expresado en segunda persona singular:
          Vv. 5-8 están expresados en primera persona singular: Yo

Entonces, según su estructura, esta estrofa se divide en tres partes que presentan tres puntos de vista referentes a la Palabra de Dios.
1. En primer lugar, se presenta el punto de vista de los fieles (los íntegros) (vv. 1-3). Ellos tenían la bendición de estar en el camino de la felicidad. Los íntegros son: los que siguen las enseñanzas del Señor… los que obedecen sus leyes y lo buscan con todo el corazón. Entonces, ¡son felices los íntegros… los que obedecen! Se notan con claridad dos asuntos:
1.1. Experimentaban gozo por obedecer (vv. 1, 2).
1.2.  Experimentaban el beneficio de estar alejándose de lo malo, alejándose del  pecado (v. 3) (¿Recuerda usted el principio de la resistencia… del Salmo 1?)

2. En segundo lugar, se presenta el punto de vista de Dios quien afirma la prioridad (o necesidad) de obedecer su Palabra (v. 4): Tú has establecido tus preceptos, para que se cumplan fielmente. Dios les dio su Palabra a los seres humanos para que la obedecieran, porque ésta es suficiente para la vida plena, la vida abundante que él prometió (¿Recuerda el principio de la suficiencia del salmo 1?)

3. En tercer lugar, está el punto de vista del salmista quien habla de su anhelo -y en cierto modo agonía- de obedecer la Palabra Dios (v. 5-8). El deseaba profundamente obedecer la Palabra de Dios, pero sabía bien que tenía profundas limitaciones, no podía hacerlo sin la ayuda de Dios. Esto dijo en los vv. 5 y 6: cuánto deseo que mis acciones sean un vivo reflejo de tus decretos!  Entonces no tendré vergüenza cuando compare mi vida con tus mandatos. (¿Recuerda el principio de la consecuencia del Salmo 1). También en este punto se notan con claridad dos asuntos:
3.1. Él tenía unas buenas razones para obedecer la Palabra de Dios (vv. 5-7).
- No sentiría culpa (vergüenza) al andar conforma a lo que decía la Palabra de Dios (vv. 5, 6). No tendría que pasar vergüenza si obedecía la Palabra de Dios.
- Podía vivir con integridad de corazón (¿sin sentir vergüenza?) (v. 7):
  medida que aprendo tus justas ordenanzas, te daré las gracias viviendo  
  como debo hacerlo.
3.2. Pero él tenía una sola posibilidad para lograrlo: Sólo podía obedecer la Palabra de Dios con la presencia constante de Él, con su ayuda (v. 8): Tus decretos cumpliré; no me abandones del todo. O como lo expresa la NTV: ¡por favor, no te des por vencido conmigo!

Llama la atención no solo la manera como termina la primera estrofa, sino como termina el salmo. Obedeceré tus decretos; ¡por favor, no te des por vencido conmigo!  (v. 8) He andado descarriado como una oveja perdida; ven a buscarme, porque no me he olvidado de tus mandatos. Ambos casos revelan la vulnerabilidad humana frente a la Palabra de Dios.

Entonces, sobre la base de este breve análisis, quiero proponerles que:
¡La palabra de Dios merece un puesto de honor en nuestra vida!
¡La palabra de Dios debe ocupar un puesto de honor en nuestra vida!

Esta estrofa nos enseña tres principios fundamentales para la vida plena, la vida que Dios quiere para nosotros. Tres principios la una vida que vale la pena vivir: (El principio de la Integridad, de la autoridad y de la vulnerabilidad)

1.  En primer lugar, nos enseña el principio de la integridad: Este es el principio de la vida feliz, la vida plena, vv. 1-3. ¡Dios quiere personas íntegras, porque quiere personas felices!
a) La Integridad habla de algo que es de una sola pieza… La gente de hoy es desarmable, se amolda con facilidad a las circunstancias. Esta realidad nos ha llevado a una sociedad desquebrajada, con matrimonios y familias disfuncionales, con relaciones rotas en todos los niveles, esposos infieles, esposas infieles, con niños abandonados, padres entregados al alcohol y jóvenes entregados a las drogas y la prostitución. En fin, la falta de integridad nos ha llevado a una sociedad moralmente y éticamente corrupta, desorientada y sin rumbo. ¿En una sociedad así podemos hablar de felicidad?
Al observar el panorama, concluimos que hay necesidad de hombres y mujeres íntegros, hechos de una sola pieza, con valores estables, con los valores bíblicos que ofrecen la posibilidad de una vida feliz aun en medio de las circunstancias más adversas. De estos habló Jesús, cuando dijo: “Felices los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios (Mat. 5.8) ¡Hechos de una sola pieza, no desarmables!
b) La Integridad también habla de honestidad. La honestidad constituye una cualidad humana que consiste en comportarse y expresarse con  sinceridad  y coherencia, respetando los valores de la justicia y la verdad. ¡Cuán difícil es experimentar la honestidad en nuestra sociedad, cuya cultura general es a todas luces la injusticia, la falsedad y la mentira!
En los primeros tres versículos del texto, el salmista tiene algo importante que decirnos. Él dice que las personas íntegras tienen la bendición de estar en el camino de la felicidad. Y los íntegros son los que siguen las enseñanzas del Señor… los que obedecen sus leyes y lo buscan con todo el corazón. ¡Son felices los íntegros… los que obedecen la palabra de Dios!
El salmista propone de manera sencilla (vv. 1-3) que la obediencia a la Palabra de Dios produce un resultado que todos deseamos (vv. 1-3): La felicidad.  Esto es posible porque la Palabra de Dios es vida y produce vida. Todavía podemos oír a don Miguel de Unamuno:
Tu palabra no muere, nunca muere, porque vive.
No muere tu palabra omnipotente
Porque es la vida misma,
Y la vida no vive, vivifica.”

Dios le expresó con claridad esta verdad al pueblo de Israel (Deut. 30): En este día, te doy a elegir entre la vida y la muerte, entre la prosperidad y la calamidad. 16 Pues hoy te ordeno que ames al Señor tu Dios y cumplas sus mandatos, decretos y ordenanzas andando en sus caminos…
19 »Hoy te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre bendiciones y maldiciones. Ahora pongo al cielo y a la tierra como testigos de la decisión que tomes. ¡Ay, si eligieras la vida, para que tú y tus descendientes puedan vivir! 20 Puedes elegir esa opción al amar, al obedecer y al comprometerte firmemente con el Señor tu Dios. Esa es la clave para tu vida.
   Muchos años más tarde, ante una pregunta, el apóstol Pedro exclamó: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. (Jn. 6.68). Esto nos lleva al segundo principio:

2.  El principio de la autoridad de la Palabra (v. 4). La Biblia dice que Dios creó al hombre y le dio las directrices para la vida; le dio Su Palabra, pero éste la desobedeció. La Biblia es como el manual de funcionamiento. Si no aplicamos el manual correctamente, corremos el riesgo de dañar el equipo o aparato electrónico que compramos. Eso es lo que ha pasado, no hemos aplicado bien el Manual, la Palabra de Dios, y la vida no funciona bien. Por eso, lo que tenemos en abundancia hoy son hogares y familias disfuncionales, familias que no funcionan bien. Y no funcionan bien porque no están usando el manual de funcionamiento. Con frecuencia se oye decir: “Ese muchacho está atrapado por las drogas”, no tiene remedio. La Palabra de Dios dice lo contrario, dice que sí tiene remedio.  Otras veces oímos: “Ese hombre está dominado por el alcohol, no tiene remedio”. La Palabra de Dios dice que sí tiene remedio.  Y en ocasiones también se oye: “Es que mi matrimonio no funciona, es disfuncional, ya no hay remedio”. Sí hay remedio, porque por su palabra, Dios puede cambiar la vida del joven que ha sido atrapado en las redes de las drogas y puede cambiar al hombre que es un prisionero del alcohol. Y puede hacer que funcione ese matrimonio disfuncional que le agobia. Pero para esto es necesario obedecer la Palabra de Dios, es necesario orientar la vida por lo que Dios dice. De lo contrario, no hay esperanza. Tenemos que prestarle atención a esto: Nos has ordenado que cumplamos cuidadosamente tus mandamientos. En la llamada oración modelo Jesús nos recordó este mismo asunto: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Déjenme ilustrarles esto:
En el primer libro de Samuel 15:22-26 se relata un episodio en la vida de Saúl que ilustra muy bien la declaración del Sal. 119.4. Saúl había regresa victorioso, según él, de la batalla contra los amalecitas. Saúl había desobedecido la orden del Señor, pero él pensaba que cubriría esta falta con un acto de religiosidad: ofrecer sacrificios. Entonces Samuel se acercó a Saúl con una sencilla, pero penetrante pregunta: 19 ¿Por qué no obedeciste al Señor? ¿Por qué te apuraste a tomar del botín y a hacer lo que es malo a los ojos del Señor?
20 —¡Pero yo sí obedecí al Señor! —insistió Saúl—. ¡Cumplí la misión que él me encargó! Traje al rey Agag, pero destruí a todos los demás. 21 Entonces mis tropas llevaron lo mejor de las ovejas, de las cabras, del ganado y del botín para sacrificarlos al Señor tu Dios en Gilgal.

Entonces, Samuel le recitó a través de un poema la sentencia del Señor:
—¿Qué es lo que más le agrada al Señor:
    tus ofrendas quemadas y sacrificios,
    o que obedezcas a su voz?
¡Escucha! La obediencia es mejor que el sacrificio,
    y la sumisión es mejor que ofrecer la grasa de carneros.
23 La rebelión es tan pecaminosa como la hechicería,
    y la terquedad, tan mala como rendir culto a ídolos.
Así que, por cuanto has rechazado el mandato del Señor,
    él te ha rechazado como rey.

Saúl había ganado la batalla contra los amalecitas, pero había perdido la batalla contra su propio carácter ante Dios. Y también había perdido su lugar como rey.

Entonces, el salmista habla de la autoridad de la Palabra de Dios, porque en efecto, es la autoridad primera y última (Alfa y Omega, o para contextualizarlo al AT, la Palabra de Dios es la Alef y la Tav): Por eso, dice: Nos has ordenado que cumplamos cuidadosamente tus mandamientos. ¿Pero podemos hablar de autoridad en una sociedad donde reina el irrespeto y el libertinaje? ¿Podemos hablar de autoridad en una sociedad donde nadie respeta a nadie ni a nada? No hay respeto a la persona, no hay respeto a la vida, no hay respeto a la ley, no hay respeto a la autoridad, no hay respeto a nada. ¿Puede una sociedad así someterse a la Palabra de Dios? Hay necesidad de un cambio radical, pero éste no es posible por nuestro propio esfuerzo. La Palabra de Dios fue dada para ser obedecida y, por cierto, es esa misma palabra quien tiene el poder para hacernos cambiar. Por supuesto, es una tarea cuesta arriba, porque la desobediencia a la Palabra de Dios trajo como consecuencia la muerte. Y usted sabe lo difícil que hacer que un muerto obedezca. ¡Primero hay que resucitarlo!  La Palabra de Dios tiene el poder para hacerlo. Esto nos lleva al tercer principio del texto:

3. El principio de la vulnerabilidad humana (5-8). Según estos versículos, el salmista reconoce su incapacidad para amoldar su vida a la Palabra de Dios. Pero sabe también que la Palabra de Dios tiene poder para “transformarle” la vida.
Ahora,  en una sociedad donde el hombre se cree Dios, donde cada quien a su antojo echa por la borda a Dios y quiere labrarse por sí mismo su propio destino, ¿queremos oír que se nos diga que somos vulnerables?  Aunque no queramos admitirlo, la verdad es que somos vulnerables de la cabeza a los pies. Para comenzar, somos incapaces de comprender por nosotros mismos qué es la vida, quienes somos, de dónde venimos, a dónde vamos; y eso mismo nos deja indefensos. Tal vez no estaba tan equivocado aquel viejo filósofo del pesimismo: “Se dice que Shopenhauer , el filósofo del pesimismo, estaba sentado cierto día en un parque en Frankfurt, con aspecto andrajoso y desaliñado, cuando el guardián del parque lo confundió con un vagabundo y le preguntó ásperamente: ¿Quién es usted? Ante esta pregunta, el filósofo respondió con amargura. ”Ojalá lo supiera”. Nuestra sociedad va por mal camino y parece que no lo sabe… Necesitamos ser orientados y conducidos por el buen camino de la Palabra de Dios. Por eso insistimos en que ¡La palabra de Dios debe ocupar un puesto de honor, un lugar relevante, en nuestra vida! Somos vulnerables y alguien tiene que ayudarnos. La palabra de Dios es quien puede hacerlo. Es el manual de procedimiento para armar y manejar la vida de manera correcta. ¡Nuestra vida se desborona con facilidad… y en ocasiones se nos pone cuesta arriba volver a armarla!

En el texto, el salmista dice que no sentiría culpa (vergüenza) al andar conforma a la Palabra de Dios  (vv. 5, 6).  ¿Quién de nosotros no nos hemos sentido culpables alguna vez? La culpa, sea real o ficticia, con frecuencia nos asecha, nos acogota y en ocasiones nos pone verdaderamente contra el suelo.
La experiencia no dice que por lo general no hacemos lo bueno que queremos hacer; al contrario, hacemos lo malo que no queremos hacer. Esto es así porque, como dice la Escritura: Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio (Jer. 17:9). Esto es muy triste, pero es la verdad. Dijo el profeta Jeremías: “Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio” (NVI). Esta es una sentencia terrible y aterradora, pero es la verdad aunque hagamos desesperados esfuerzos por negarla. El apóstol Pablo experimentó esta realidad como una agonía y fue muy honesto al confesarla: 18 Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa no existe nada bueno. Quiero hacer lo que es correcto, pero no puedo. 19 Quiero hacer lo que es bueno, pero no lo hago. No quiero hacer lo que está mal, pero igual lo hago. 20 Ahora, si hago lo que no quiero hacer, realmente no soy yo el que hace lo que está mal, sino el pecado que vive en mí.
21 He descubierto el siguiente principio de vida: que cuando quiero hacer lo que es correcto, no puedo evitar hacer lo que está mal. 22 Amo la ley de Dios con todo mi corazón, 23 pero hay otro poder dentro de mí que está en guerra con mi mente. Ese poder me esclaviza al pecado que todavía está dentro de mí. 24 ¡Soy un pobre desgraciado! ¿Quién me libertará de esta vida dominada por el pecado y la muerte? 25 ¡Gracias a Dios! La respuesta está en Jesucristo nuestro Señor.

En el texto, el salmista también dice que si conducía su vida por los principios de la palabra de Dios, podía vivir con integridad de corazón (¿sin sentir vergüenza?) (v. 7). Es que el problema humano no es sólo el sentimiento de culpa; hay otro terrible mal que nos azota: es la ansiedad, la sensación de inseguridad. Por la falta de integridad, la ansiedad también nos acogota. Entonces, miramos al pasado y la culpa nos señala con el dedo acusador, y miramos el futuro y la ansiedad viene a nuestro encuentro con ansias devoradoras. ¡Parece que estamos atrapados y somos prisioneros de la culpa y la ansiedad!

Pero el Salmista tiene esperanza. El sabe que la Palabra de Dios tiene poder transformador.  El mismo escribió: La exposición de tus palabras nos da luz, y da entendimiento al sencillo…. tengo más entendimiento que los ancianos porque obedezco tus preceptos. Sí, la palabra de Dios puede transformar la vida.  De esa Palabra, la palabra del evangelio, decía el apóstol Pablo, no me avergüenzo porque es poder de Dios. ¡La  palabra que transforma la vida de quienes la oyen y la asumen para sí! Fue la palabra que transformó la vida de los Efesios cuando Pablo les anunció el evangelio. Dice el relator del libro de los Hechos: Pablo continuó por espacio de dos años, de modo que todos los judíos y los griegos que vivían en la provincia de Asia llegaron a escuchar la palabra del Señor… Muchos de los que habían creído llegaban ahora y confesaban públicamente sus prácticas malvadas. 19 Un buen número de los que practicaban la hechicería juntaron sus libros en un montón y los quemaron delante de todos. Cuando calcularon el precio de aquellos libros, resultó un total de cincuenta mil monedas de plata. 20 Así la palabra del Señor crecía y se difundía con poder arrollador. (Hechos 19:10, 18-20) ¡La palabra los cambio!
 Así que, la palabra de Dios es poder transformador.  El apóstol Pedro escribe que esta palabra tiene el poder para hacer nacer de nuevo al ser humano y tiene el poder para hacerlo crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Así escribió: ustedes han nacido de nuevo, no de simiente perecedera, sino de simiente imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece, y añade: deseen con ansias la leche pura de la palabra, como niños recién nacidos. Así, por medio de ella, crecerán en su salvación.
Y el escritor a los Hebreos se expresó en estos términos: Porque la palabra de Dios es viva y poderosa. Es más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra entre el alma y el espíritu, entre la articulación y la médula del hueso. Deja al descubierto nuestros pensamientos y deseos más íntimos.  No hay nada en toda la creación que esté oculto a Dios. Todo está desnudo y expuesto ante sus ojos; y es a él a quien rendimos cuentas. (Heb. 4:12, 13)

En su anhelo, el Salmista decía que no sería avergonzado cuando obedeciera los mandamientos del Señor, pero terminó la estrofa con un grito de angustia: “No me abandones del todo” (NVI) o como lo traduce la NTV: Obedeceré tus decretos; ¡por favor, no te des por vencido conmigo!  
Cristo, la Palabra de Dios encarnada, les dijo a sus discípulos que sin él nada podrían hacer. Ahora, la Escritura dice que Él fue avergonzado para que yo no tenga que ser avergonzado. El se hizo semejante a nosotros y tomó nuestro lugar en la Cruz, tomo nuestro lugar de ser avergonzado para que no tuviéramos que sufrir tal oprobio. ¿De verdad hemos pensado en el episodio de la cruz? ¡¿Qué ocurrió realmente allí? Quiero traer a colación un relato del evangelista Mateo quien nos ha dejado un dramático episodio que ilustra bien esto; es el drama de la cruz: 32 Al salir encontraron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. 33 Llegaron a un lugar llamado Gólgota (que significa «Lugar de la Calavera»). 34 Allí le dieron a Jesús vino mezclado con hiel; pero después de probarlo, se negó a beberlo. 35 Lo crucificaron y repartieron su ropa echando suertes.[c] 36 Y se sentaron a vigilarlo. 37 Encima de su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: «Éste es Jesús, el Rey de los judíos.» 38 Con él crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.39 Los que pasaban meneaban la cabeza y blasfemaban contra él:
40 —Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reconstruyes, ¡sálvate a ti mismo! ¡Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz!
41 De la misma manera se burlaban de él los jefes de los sacerdotes, junto con los *maestros de la ley y los *ancianos.
42 —Salvó a otros —decían—, ¡pero no puede salvarse a sí mismo! ¡Y es el Rey de Israel! Que baje ahora de la cruz, y así creeremos en él. 43 Él confía en Dios; pues que lo libre Dios ahora, si de veras lo quiere. ¿Acaso no dijo: “Yo soy el Hijo de Dios”?
44 Así también lo insultaban los bandidos que estaban crucificados con él.
45 Desde el mediodía y hasta la media tarde toda la tierra quedó en oscuridad. 46 Como a las tres de la tarde,[f] Jesús gritó con fuerza:
—Elí, Elí, ¿lama sabactani? (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”).
47 Cuando lo oyeron, algunos de los que estaban allí dijeron: —Está llamando a Elías.
48 Al instante uno de ellos corrió en busca de una esponja. La empapó en vinagre, la puso en una caña y se la ofreció a Jesús para que bebiera. 49 Los demás decían:
—Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.
50 Entonces Jesús volvió a gritar con fuerza, y entregó su espíritu.
51 En ese momento la cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. La tierra tembló y se partieron las rocas. 52 Se abrieron los sepulcros, y muchos santos que habían muerto resucitaron. 53 Salieron de los sepulcros y, después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
54 Cuando el centurión y los que con él estaban custodiando a Jesús vieron el terremoto y todo lo que había sucedido, quedaron aterrados y exclamaron:
—¡Verdaderamente éste era el Hijo de Dios!  (Mat. 27:32-54)  

¿Nos damos cuenta? No sólo él fue avergonzado. Allí lo ultrajaron, se burlaron de él hasta el cansancio. Pero aun más: La naturaleza se vistió de luto, pues Desde el mediodía y hasta la media tarde toda la tierra quedó en oscuridad. La naturaleza se estremeció por su dolor, pues La tierra tembló y se partieron las rocas. 52 Se abrieron los sepulcros, y muchos santos que habían muerto resucitaron. Y Dios mismo cruzó la barrera del pecado y se acercó a nosotros con brazos abiertos: En ese momento la cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.

Entonces el logos, La Palabra Eterna, nos habla desde la Cruz. Allí la Palabra Hecha Carne nos muestra el inmenso amor, la misericordia y la bondad de Dios. Ante la vulnerabilidad nuestra para alcanzar la obediencia, no podemos hacer otra cosa que aferramos a aquel que la alcanzó por nosotros y nos unimos a él: Al Cristo de la cruz. Es la única respuesta a la vulnerabilidad nuestra ante la Palabra de Dios.
Entonces, el salmista nos ha dado base para derivar de sus palabras tres importantes principios fundamentales para la vida plena, la vida que vale la pena vivir:
  1. El principio de la integridad: Este es el principio de la vida feliz, la vida plena que Dios quiere y que es posible sólo mediante la obediencia a la Palabra de Dios.
  2.  El principio de la autoridad de la Palabra: El reconocimiento de que la palabra de Dios debe ser obedecida y que ésta tiene un poder transformador para quienes se someten a sus consejos.
  3. El principio de la vulnerabilidad humana: El reconocimiento de la incapacidad para amoldar nuestra vida a la Palabra de Dios por nuestras propias fuerzas y la convicción de que con Él todo es posible.

Una reflexión final: Cómo sería la vida de los pueblos en nuestra América si los gobernantes fueran íntegros y siguieran los principios de la Palabra de Dios, como  sería la vida en nuestro país si los gobernantes le prestaran oído a la palabra de Dios, cómo serían nuestras ciudades si los gobernantes, los alcaldes y concejales fueran personas integras y obedecieran la palabra de Dios. Como serían nuestras ciudades si los comerciantes obedecieran la Palabra de Dios. Cómo serían los hogares en nuestro barrio si lo conformaran hombres y mujeres íntegros que se rigieran por los principios de la palabra de Dios. Cómo sería su vida si usted tomara el camino de la integridad, si se ajustara a los principios de la palabra de Dios. ¿Entonces, qué? ¡Comience por leer la Biblia de manea disciplinada! ¡Compártala con sus amigos y con los todavía no son sus amigos!

Tengo la sospecha, bien fundada, que aunque usted echa sobre los demás la culpa de sus desaciertos, la culpa de sus fracasos, el problema realmente es usted. Recuerda lo que dijo el profeta Jeremías: Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. Y no tiene remedio, a menos que sea transformado por el poder de la Palabra de Dios hecha carne: Jesucristo. Lo que necesita el corazón del hombre no es una reparación, es más bien un transplante, un corazón nuevo. Y eso puede hacerlo sólo Jesucristo, la Palabra de Dios encarnada.  El ha hecho y sigue haciendo esta invitación: Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. 30 Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana.».

No quisiera terminar esta exposición sin dejarles la reflexión que alguien acomodó en la siguiente descripción:
“Se cuenta lo siguiente de un viejo Anacoreta o Ermitaño, es decir, una de esas personas que por amor a Dios se refugian en la soledad del desierto, del bosque o de las montañas para solamente dedicarse a la oración y a la penitencia.
El Ermitaño se quejaba muchas veces que tenía demasiado quehacer.
La gente no entendía y le preguntaba cómo era posible que tuviera tanto trabajo en su retiro. A lo que les contestó:
“Tengo que domar a dos halcones, entrenar a dos águilas, mantener quietos a dos conejos, vigilar una serpiente, cargar un asno y someter a un león.
No vemos ningún animal cerca de la cueva donde vives. ¿Dónde están todos estos animales?
Entonces el ermitaño dio una explicación que todos comprendieron.
Estos animales los llevamos dentro:
Los dos halcones, se lanzan sobre todo lo que se les presenta, bueno y malo.
Tengo que entrenarlos para que sólo se lancen sobre presas buenas…
Son mis OJOS.
Las dos águilas con sus garras hieren y destrozan.
Tengo que entrenarlas para que sólo se pongan al servicio y ayuden sin herir…
Son mis MANOS.
Y los conejos quieren ir adonde les plazca, huir de los demás y esquivar las situaciones difíciles.
Tengo que enseñarles a estar quietos aunque haya un sufrimiento, un problema o cualquier cosa que no me gusta…
Son mis PIES.
Lo más difícil es vigilar la serpiente, aunque se encuentra encerrada en una jaula de 32 barrotes.
Siempre está lista por morder y envenenar a los que la rodean apenas se abre la jaula, si no la vigilo de cerca, hace daño…
Es mi LENGUA.
El burro es muy obstinado, no quiere cumplir con su deber.
Pretende estar cansado y no quiere llevar su carga de cada día…
Es mi CUERPO.
Finalmente necesito domar al león, quiere ser el rey, quiere ser siempre el primero, es vanidoso y orgulloso…
Ese… es mi CORAZÓN.”

¿Será este también su problema?

Por qué no hace conmigo esta oración? ¿Entonces, qué hará de hoy en adelante con la Eterna Palabra de Dios? ¿La recibirá como tal y le dará un lugar de honor en su vida? Recuerde que esto no es posible sino sólo por el poder de Jesús, la Palabra hecha Carne.

Quiero invitarle a hacer esta oración:
1-2 Señor, tú bendices
a los que van por buen camino,
Tu bendices a los que de todo corazón
siguen tus enseñanzas.
Los que siguen tus enseñanzas no hacen nada malo,
sino que sólo a ti te obedecen.
Tú Señor, has ordenado
que tus mandamientos
se cumplan al pie de la letra.
Señor, quiero corregir mi conducta
y amoldar mi vida a tu Palabra.
Yo sé que si la obedezco,
no tendré nada de qué avergonzarme.
Señor, si me enseñas tu palabra,
te alabaré de todo corazón
y seré obediente a tus enseñanzas.
¡No me abandones!
Tómame de la mano y guíame por
el camino de la rectitud.